Probablemente el libro más interesante que he leído jamás sobre internet sea uno que trata un acontecimiento —la escritura de la Enciclopedia francesa— ocurrido nada menos que dos siglos antes del nacimiento de la llamada “red de redes”. Del libro en cuestión, intitulado Encyclopédie: El triunfo de la razón en tiempos irracionales y escrito por el historiador alemán Philipp Blom, hablo de memoria, porque lo leí hace ya como mínimo un par de años y, aunque anoté algunos pasajes y doblé algunas de sus páginas, soy incapaz de recordar toda la enorme colección de datos que Blom va desgranando a lo largo del texto y que dan cuenta de la enormidad de un proyecto que empezó como un simple encargo de traducción de un diccionario inglés en dos volúmenes. A continuación os transcribo algunos pasajes de este libro, que para volver a encontrar en mis estantes tuve que buscar en Google. Aquí lo tenéis referenciado por La Casa del Libro que, para no faltar a su tradición, refleja el título incompleto y en hoyganés. Estos son algunos de los párrafos que unos años después todavía recordaba y he buscado y encontrado para vosotros en el libro.
Sobre las condiciones políticas y económicas en que se escribió la Encyclopédie, incluida la ambivalente postura oficial sobre la censura
pág. 14
Luis XV, que se consideraba a sí mismo el «Rey Cristianísimo» con sus estrictos consejeros y confesores jesuitas, estaba simplemente aburrido de sus disquisiciones intelectuales y tendía a verlos como un peligro potencial que debía mantener a raya mediante una policía secreta muy eficaz. […] Para los herejes aún existía la pena capital.
Incluso expresado con sobrios términos numéricos, el logro de los enciclopedistas es pasmoso para una época en la que no existían los ordenadores ni las bases de datos, con una obra que se había iniciado como un diccionario en dos volúmenes y que creció hasta convertirse en un gigante literario de veintiocho volúmenes, de los que once eran de ilustraciones, con 72.998 artículos que totalizan unos veinte millones de palabras, redactados por centenares de colaboradores. […] En su momento de mayor actividad (y ante las mismísimas narices de un ilustrado censor jefe que decidió no ver nada a pesar de que la obra estaba oficialmente condenada y prohibida) la Encyclopédie empleaba a un millar de tipógrafos, impresores y encuadernadores, y se distribuía no sólo en la totalidad de Francia, sino también en ciudades como Londres y San Petesburgo.
pág. 38
En los enormes almacenes de madera que se alzan junto al Sena […] se escuchaba el sonido de la fermentación intelectual y la disidencia. Allí tenían un taller secreto los impresores clandestinos de la ciudad, con pequeñas prensas portátiles, de las que salían sátiras, pornografía, panfletos, cartas filosóficas y meditaciones heréticas que circulaban unos pocos días para desvanecerse en cuanto los espías de la policía les seguían la pista (la impresión de esas obras podía estar castigada con la pena de muerte). Aun así, la mayoría de los libros que aparecían durante el ancien régime eran ediciones clandestinas…, introducidas en la ciudad en balas de heno o en falsos fondos de barriles de arenques en salazón, impresas en el interior de almacenas de madera y en embarcaciones, en las habitaciones de casas burguesas y en cabañas de jardines de los alrededores de París, pregonadas en las calles y posadas por vendedores ambulantes especializados, a los que la policía vigilaba constantemente.
Algunos de estos libros se publicaban con permiso, con la certeza de que el censor jefe haría la vista gorda; otros eran completamente ilegales. «Constituyen un pueblo, o más bien una república», suspiraba un observador refiriéndose a la muy unida y orgullosamente igualitaria hermandad de los impresores de la época y a sus redes que se extendían más allá de las fronteras entre los reinos.
pág. 92
La suma [el coste de producción de la Encyclopédie] de 250.000 libras francesas equivale hoy aproximadamente a tres millones de euros. Las comparaciones históricas de valor financiero son siempre difíciles porque el poder adquisitivo era muy distinto en las muy diferentes economías, pero , a título de ejemplo, digamos que la suma de 80.000 libras que los libreros decían haber invertido ya era el equivalente de la producción anual de ochocientas granjas.
A la hora de la verdad, la Encyclopédie sería más cara, y mucho más lucrativa, de lo que habían pensado los libreros. En su momento culminante, daba empleo a un millar de impresores, grabadores, dibujantes, encuadernadores y otros. Lo que significaba que casi uno de cada cien parisinos se beneficiaba económicamente de la empresa, directa o indirectamente. […] El director de publicaciones tenía que haberse dado cuenta de que la Encyclopédie no solo tenía ramificaciones ideológicas para la Iglesia y para el Estado, sino también otras económicas muy importantes para el comercio del libro francés y, más concretamente, el parisino.
Sobre la heterodoxia intelectual de la Encyclopédie
pág. 199
En ocasiones, temas de considerable importancia se despachaban con unas pocas líneas, en tanto que a otras materias aparentemente triviales se dedicaban muchas columnas y páginas enteras; artículos que, en apariencia, iban a versar sobre un determinado asunto, de pronto tomaban una dirección diferente para no regrasar al tema inicial, y si Diderot pensaba que una determinada colaboración no era suficientemente expresiva, o si simplemente se interesaba por la idea, añadía su propio comentario debajo, a menudo contradiciendo lo que decía el mismo artículo o desautorizando en alguna medida sus ideas. […] Lo que hizo tan fascinante a la Encyclopédie fue el hecho de que Diderot no tuviera ni la ambición ni la mentalidad sistemática de un coleccionista de datos: que fuera, en vez de ello, un artista. La obra dignificó temas que nunca habían merecido una página impresa.
pág. 203
En el arsenal de Diderot había otra arma secreta, que ahora se congratulaba en mostrar: las referencias cruzadas, «la parte más importante de esta Encyclopédie». En una obra concebida como una cadena, en la que cada eslabón está conectado con todos los otros, las referencias cruzadas eran, obviamente, muy valiosas en la medica en que apoyaban y ampliaban un tema. Cumplían, sin embargo, otro propósito menos obvio: «Cuando es neceasrio, producen el efecto opuesto: contraponen nociones, contrastan principios, atacan, minan y derriban secretamente las opiniones ridículas que uno no se atrevería a contradecir de manera abierta.» Los enciclopedistas emplearon generosamente esta posibilidad. La entrada Anthropophages incluía subrepticiamente la adición «Véase Eucarística, Comunión.» De forma semejante, Liberté de penser llevaba una referencia a manera de contraste: «Véase Intolerancia y Jesucristo».
Referencias cruzadas
Habría escrito una larga disertación sobre la relación —para mí apasionante— entre el enciclopedismo del siglo XVIII y la cultura hiperenlazada y a menudo censurada de nuestros días. Pero prefiero emplazar a los lectores a que sean ellos quienes opinen y hagan las referencias cruzadas. Actualizaré este artículo con los enlaces que proporcionéis en los comentarios.
Aparte de lo Moderno que resulta le concepto de las entradas cruzadas, esa vascularidad que mencionas en tu texto, lo que a mí me fascina es la propia dificultad FÍSICA de la empresa. Hablamos de un tiempo no anterior a internet o al teléfono, sino al ferrocarril, cuando una carta de Burdeos a París podía tardar semanas en llegar a su destino y no siempre llegaba, ya que no sólo las condiciones del correo eran muy malas sino algo tan cotidiano como unas lluvias fuertes podían dejar impracticables todos los caminos.
Pensemos en el esfuerzo que supone coordinar a tantos autores en esas condiciones, la confianza que hay que depositar en su valía, dado que no será posible editar más de una o dos veces cada entrada, la lentitud Física del proceso de escritura, limitada a las horas de luz o a la duración de las velas, lo costoso del proceso de sacar copias de una entrada para enviar a las personas que debían relacionarla con otras…
Todavía un siglo después, en plena era del telégrafo y el ferrocarril, la confección del Oxford Dictionary llevó casi medio siglo de esfuerzos y necesitó de la buena voluntad y la confianza en las habilidades de cientos, quizá miles de personas (el sistema de voluntarios se basaba en el envío de libros para que los lectores fueran revisandolos en busca de palabras a reseñar, dejando la elección de las mismas en sus manos y confiando en que así, con tiempo suficiente, se cubriría todo el vocabulario disponible)
Marea pensar el salto que hemos dado en apenas dos generaciones y las posibilidades que se nos abren.