Sobre el sexismo del lenguaje y la RAE (III)

A pesar de lo difícil que es tomar en serio a una institución tan anquilosada como la Academia, lo cierto es que sus miembros en ocasiones tienen momentos de lucidez, y creo que la presentación de este informe se corresponde con uno de ellos.

La Academia, no obstante, tiene por delante muchísimo trabajo por hacer si quiere ganarse el respeto de quienes desean una institución verdaderamente al servicio de los ciudadanos. Ciudadanos que no tienen por qué ser católicos, heterosexuales y miembros de una recta familia castellana tradicional. Las palabras que escogemos para definir otras palabras dejan al descubierto nuestro universo conceptual. Creo que el universo conceptual del conjunto de miembros de la Academia está muy claro cuando examinamos la definición de «matrimonio» y otras muchas palabras como las que expuse en la primera parte de esta serie. Y que ese universo conceptual está muy lejano del de la mayoría de españoles a los que sirve.

La Academia nació contagiada del espíritu de progreso de la Ilustración. Me gustaría que siguiera atenta, como entonces, a las innovaciones lingüísticas de los hablantes y escritores y fijara las útiles y agradables a la vez que limpiara las inútiles, incoherentes o cacofónicas, como dice Antonia de Oñate en su blog. Pero parece más interesada en reimprimir diccionarios y perseguir a quienes referencian entradas de un Diccionario que debería ser de dominio público que en realizar el servicio para el que en teoría nació.

Volviendo al tema que nos ocupa (se supone que el título de este tercer capítulo de la serie debería ser «¿Son correctas las conclusiones de Bosque?»), supongo que a nadie que haya leído la segunda parte se le escapará que estoy, en general, de acuerdo con él. Así que, para responder a esa pregunta, comenzaré exponiendo mis (pocas, aunque importantes) objeciones a su informe.

¿Qué defectos tiene el informe de Ignacio Bosque?

Aplicando el verbo visibilizar en el sentido que recibe en estas guías, es cierto que esta última frase “no visibiliza a la mujer”, pero también lo es que las mujeres no se sienten excluidas de ella. […] Tiene, pues, pleno sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política, administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones. […] No debe olvidarse que los juicios sobre nuestro lenguaje se extienden a nosotros mismos.

Algunos de los responsables de las guías que comparo responderían a la pregunta que acabo de formular afirmando que la autoridad que se les reclama no es académica, ya que procede de su sensibilidad ante la discriminación de la mujer en el mundo moderno. El argumento es insostenible, puesto que califica arbitrariamente de sexista al grupo —absolutamente mayoritario— de mujeres y hombres con una sensibilidad diferente. Si “el uso del masculino con valor genérico implica un trato lingüístico discriminatorio” (CCOO-24), ¿cómo han de reaccionar las mujeres que no perciben en él tal discriminación? […] Pareciera que se quiere dar a entender que la mujer que no perciba irregularidad alguna en el rótulo Colegio Oficial de Psicólogos de Castellón, y que (a diferencia de VAL-37) no considere conveniente cambiarlo por Colegio Oficial de Psicólogos y Psicólogas de Castellón, debería pedir cita para ser atendida por los miembros de dicha institución.

Somos muchas las feministas que luchamos contra el «déjala, es ella la que se deja golpear. Será que le gustan los hombres así». Ni yo ni millones de mujeres en España nos sentimos excluidas cuando alguien se refiere a nosotras como integrantes de un grupo en un masculino genérico. Pero jamás desanimaré a un sociólogo a que investigue si hay exclusión o vejación verbal cierta en el lenguaje diario por el mero hecho de que yo no me haya dado cuenta o no lo considere un problema serio.

Es un hecho que muchas mujeres maltratadas piensan que se lo merecen, que les ha tocado un marido con la mano larga como a quien le toca un garbanzo negro, que sin él no pueden valerse por sí mismas o que total, poco pueden hacer contra esa situación, así que para qué quejarse y mejor encajarla con estoicismo. Determinados estudios sociales, como los que examinan las condiciones de vida de las mujeres, sirven, entre otras cosas, para destapar ese tipo de «condenas» a que son sometidas las personas más vulnerables de la sociedad y contra las que muchas veces no se protesta porque parecen irremediables a quienes las sufren. Se sabe también que, tras la primera bofetada, suele haber una paciente labor de años para minar la autoestima de la víctima solo a través del lenguaje.

La palabra no es mágica y por sí misma no cambia realidades. Ojalá se eliminaran todas las discriminaciones por el mero hecho de decir «compañeras y compañeros». Pero sí puede contribuir a cambiar percepciones. En el caso de las víctimas de maltrato, la historia casi siempre comienza con las palabras. Y esas víctimas, a menudo durante años, no se tenían por maltratadas.

Yo no me siento excluida cuando se me incluye en un grupo de personas que es mencionado con masculino genérico; no me siento excluida porque conozco la historia del idioma y sé que esa desinencia en -os no deriva del masculino latino, sino del neutro. Pero entiendo que otras mujeres puedan sentirse excluidas, incluso sabiendo cómo se produjeron las derivaciones del latín al castellano. Porque lo cierto es que el masculino genérico y el masculino plural son miméticos y no ayudan a que la mujer tenga una mayor visibilidad ahora que está saliendo de casa e integrándose en el ámbito público.

No me parece, en suma, que puedan sacarse conclusiones acerca de este asunto de forma tan rápida como hace Bosque en su informe.

La misma crítica haría a determinados colectivos feministas que pretenden tratarnos a las mujeres con paternalismos de otro siglo. Razonen ustedes los abusos lingüísticos que denuncian en vez de pretender que acatemos sus directrices de forma acrítica.

Otra objeción que haría al informe de Bosque es el hecho de que no propone estrategias para evitar que las mujeres sean lingüísticamente ignoradas o incluso vejadas. Es difícil manejar el masculino genérico; a mí me encantaría formar los plurales neutros con una simple —a como en latín, pero soy consciente de que eso puede provocar confusiones muy parecidas, si no peores, a las que producen la @ y la x que se utilizan en ocasiones. La Academia podría, no obstante, publicar un manual de redacción no machista que, aunque evadiera el asunto del masculino genérico, que de todas formas es menor, tratara con rigor esos rasgos de machismo en los textos no siempre tan evidentes pero a menudo más preocupantes.

¿Son correctas las conclusiones de Bosque?

Hechas estas dos objeciones, yo creo que se le puede poner un «P.A.» de nota a la Academia. Teniendo en cuenta de dónde partían y el esfuerzo realizado, los académicos pueden estar satisfechos con este comienzo. Espero, por el bien de una institución cada vez menos relevante, que no se paren aquí y limpien, fijen y den esplendor a la lengua de una sociedad que va, desde hace tiempo, unos cuantos pasos por delante de los académicos.

P.D.: He conseguido escribir un artículo sobre la Academia sin meterme con Pérez-Reverte, ese hombre.

Sobre el sexismo del lenguaje y la RAE (II)

Como decíamos hace un ratito, aunque la RAE haya demostrado un arraigado machismo a lo largo de su historia, es necesario examinar cada documento producido por ella de forma independiente. La gente y las instituciones cambian e incluso puede que no todos los académicos tengan las gónadas tan gordas como Arturo Pérez-Reverte (sí, ya sé que meterme con hombres bajitos como él es un recurso fácil, pero me resulta muy divertido).

Después de llegar a la conclusión (al menos en mi caso) de que la RAE es una institución machista, habría que esclarecer si nuestro idioma es machista o no para valorar si las conclusiones del informe de Bosque son acertadas. De ahí que lleguemos a la segunda pregunta propuesta en el artículo anterior:

¿Es el castellano sexista?

Yo creo que sí, pero no en el sentido que se apunta desde muchas organizaciones feministas. Intentaré explicarme en los siguientes párrafos.

Es cierto que muchas de las expresiones que se utilizan diariamente invisibilizan a las mujeres, las discriminan o incluso las vejan. Bosque cita varios ejemplos, tremendamente esclarecedores, extraídos del libro ¿Es sexista la lengua española? de Álvaro García Meseguer:

Hasta los acontecimientos más importantes de nuestra vida, como elegir nuestra esposa o nuestra carrera, están determinados por influencias inconscientes

Gente que solo busca su pan, su hembra, su fiesta en paz*

Los ingleses prefieren el té al café, como prefieren las mujeres rubias a las morenas

¿Es más machista el castellano que la sociedad en la que vivimos?

No lo creo. Jarchas aparte —hoy en día ese trozo sería rápidamente tildado de machista— la sociedad española ha evolucionado bastante en los últimos treinta o cuarenta años. En twitter triunfa periódicamente el hashtag #ranciofacts para referirse a expresiones, en muchos casos machistas, que eran populares hace unas décadas y hoy se consideran completamente «pasadas de moda». El paradigma del machista es hoy el zafio y repulsivo Torrente, no el triunfador de los anuncios del brandy Soberano. Todo eso se refleja en el lenguaje del día a día. El machismo es más sutil, en muchos casos permanece agazapado en lo que decimos y resiste perfectamente un examen superficial del discurso, como un residuo de esa educación que hemos recibido y que es difícil erradicar. Pero el hecho de que el machismo ya no sea tan visible como antes es motivo, creo, para la esperanza.

Lo que no creo que se sostenga lingüísticamente hablando es esa pretensión de que todo aquello que termina en -o es necesariamente masculino o excluya a las mujeres (aunque es cierto que no las muestra explícitamente). Y voy a explicar por qué.

¿De dónde viene el denominado «masculino genérico»?

Todo empezó por unos cuantos hablantes de latín mesetarios. Como buenos protoespañoles, eran bastante perezosos y aficionados a la siesta y la sangría. Solían arrastrar el final de las palabras, de forma que se comían las últimas consonantes y convertían vocales cerradas como u en vocales abiertas como o más fáciles de pronunciar cuando has terminado de comer, te domina la modorra y todavía faltan siglos para saber que un café con hielo te ayudará a hacer la digestión y parecer persona después de cascarte un buen cocido madrileño.

De esta manera, eso de pronunciar la palabra latina mĕmbrum terminándola con la boquita cerrada en -um se les hacía muy cansado a estos protoespañoles nuestros, que preferían aquello de terminar estas palabras en -o, tal cual: membro. Pero claro, aquello de juntar tantas consonantes -mbr- se les hacía también muy cansado, así que terminaron por meterle una i a la palabra en la primera sílaba para descansar: miembro, palabra derivada de un término latino neutro y que en castellano tiene género gramatical masculino para aquello de las concordancias, pero que puede referirse a hombres, mujeres y otros seres sexuados, además de cualquier cosa susceptible de formar parte (de ser miembro) de un conjunto más grande:

  • Ella era otro miembro del jurado
  • Juan perdió un miembro en la guerra

En el caso de víctima, aunque esta palabra tiene género gramatical femenino, ocurre algo parecido. Da igual que la víctima sea un hombre, una mujer, un perro o una gata: su género gramatical siempre será femenino. La palabra, por cierto, apenas varía con respecto a su origen latino: victĭma.

Se dice acerca de palabras como víctima y miembro que son sustantivos de género epiceno. Se refieran a un macho o a una hembra de la especie que sea, su género gramatical siempre será el mismo: masculino en el caso de miembro y femenino en el caso de víctima. Los determinantes que acompañan a dichos sustantivos (la víctima, el miembro) no contradirán al género gramatical del sustantivo al que acompañan. Persona es, quizás, el sustantivo epiceno más extendido en nuestro idioma.

Por el contrario, hay otros sustantivos que, aunque no cambien su morfología según se refieran a un ser vivo de sexo masculino o femenino, sí cambian de género gramatical dependiendo de si se refieren a un macho o a una hembra. Es decir, que aunque la forma de la palabra no cambie, sus acompañantes (adjetivos y determinantes) nos dan pistas acerca del género del nombre al que acompañan.

Por ejemplo, puedes decir “ese psiquiatra desquiciado intentó desprestigiar a una magnífica profesional porque eran rivales” o “esa psiquiatra desquiciada intentó desprestigiar a un magnífico profesional porque eran rivales”. Psiquiatra, profesional y rival son sustantivos comunes en cuanto al género y adoptan género masculino o femenino dependiendo del sexo de la persona a la que se refieren.

En los ámbitos político y profesional, en los que la neutralidad es a menudo un valor importante, se utilizan muchos sustantivos comunes en cuanto al género, que no explicitan por sí mismos el sexo de la persona que ejerce el cargo. Es el caso de presidente, concejal, juez, alcalde, asistente. Sin embargo, determinados colectivos, al parecer incapaces de creer que una mujer pueda ejercer su profesión con la misma neutralidad y rigor que un hombre, pretenden imponer las desinencias femeninas en -a para estos cargos: presidenta, concejala, jueza, alcaldesa, asistenta. Variantes de género en algunos casos inventadas y en otros rescatadas de siglos pasados, cuando designaban a la esposa (en algunos casos con sorna evidente) de quien ostentaba el cargo. Al hombre, sin embargo, se le presupone neutralidad y tiene pleno derecho a utilizar la desinencia con género no marcado para su cargo.

Llama también la atención el caso de la palabra asistenta, que cuando tiene la desinencia femenina se refiere a la empleada doméstica que tienen muchas familias para limpiar la casa o cuidar a los niños. Los cargos políticos que llevan la palabra «asistente» en su denominación no suelen desdoblarse para las mujeres.

Pero volvamos a nuestros perezosos protoespañoles, amantes de la sangría y la siesta y tan haraganes que convirtieron el término latino neutro mĕmbrum en la palabra castellana de género gramatical masculino «miembro». El problema de muchos términos en latín es que su versión masculina y neutra se parecían demasiado para la abotargada mente del macho carpetovetónico ahíto de potajes. Voy a poner un ejemplo con el adjetivo latino totus -a -um, de donde vienen todo, toda, todos y todas en castellano.

Declinación de totus-tota-totum en latín y su equivalencia en castellano
Género Número Caso Latín Español
Masculino Singular Nominativo tōtus todo
Vocativo tōtus
Acusativo tōtum
Genitivo tōtīus
Dativo tōtī
Ablativo tōtō
Plural Nominativo tōtī todos
Vocativo tōtī
Acusativo tōtōs
Genitivo tōtōrum
Dativo tōtīs
Ablativo tōtīs
Femenino Singular Nominativo tōta toda
Vocativo tōta
Acusativo tōtam
Genitivo tōtīus
Dativo tōtī
Ablativo tōtā
Plural Nominativo tōtae todas
Vocativo tōtae
Acusativo tōtās
Genitivo tōtārum
Dativo tōtīs
Ablativo tōtīs
Neutro Singular Nominativo tōtum todo
Vocativo tōtīus
Acusativo tōtum
Genitivo tōtīus
Dativo tōtī
Ablativo tōtō
Plural Nominativo tōta todos
Vocativo tōta
Acusativo tōta
Genitivo tōtōrum
Dativo tōtīs
Ablativo tōtīs

¿En serio creéis que unos vagos capaces de hacer converger toda una amalgama de casos terminados en alguna vocal cerrada con alguna consonante en palabras más cortas y fáciles de pronunciar van a ser capaces de repetir constantemente «compañeras y compañeros» o «todos y todas»? La economía del lenguaje no es una construcción intelectual, no es una abstracción: es una tendencia natural del ser humano para expresarse de forma más eficiente. Si os fijáis, tanto el acusativo singular como el plural se corresponden de forma bastante fiel con esta palabra en castellano, salvo en el caso del neutro plural, que en latín termina en -a y en castellano termina en -os (si interpretamos el masculino genérico como neutro). No sé exactamente por qué ocurre esto así; tal vez por mantener coherencia con un todo singular que sí es muy parecido al totum neutro latino.

Ya dije anteriormente que no soy filóloga; yo solo me dedico a corregir los textos de los demás como editora. Mi conocimiento acerca de la lengua es eminentemente práctico. Lo que sí sé es que las derivaciones del latín al castellano que han terminado conformando la lengua que hablamos hoy se han ido produciendo durante cientos de años y que, en su inmensa mayoría, estas derivaciones han tendido hacia un menor esfuerzo del hablante. Por lo tanto, si se quieren implantar medidas que favorezcan con éxito la visibilidad femenina en el lenguaje, no deben costar un esfuerzo adicional significativo al hablante, ya que de lo contrario están condenadas al fracaso. Desde ese punto de vista, el desdoblamiento de los plurales durante el discurso no me parece una estrategia inteligente, aunque comparto los motivos de las personas que lo defienden.

Notas al pie

* De la canción Libertad sin ira, muy popular durante la Transición, del grupo musical Jarcha.

Sobre el sexismo del lenguaje y la RAE (I)

Una es adicta a twitter y, cuando conduce desde Extremadura a Madrid, tiende a parar más de lo necesario en bares de carretera para tomar un café y cotillear lo que pía la gente a través del móvil. Anoche fue una de esas ocasiones en las que volvía a casa desde Don Benito y paré para tomar un tentempié a eso de las nueve de la noche. En ese momento comprobé que la red ardía con encendidos debates entre filólogos aficionados acerca del sexismo del lenguaje y yo, que tampoco soy filóloga, no podía sustraerme a la tentación de participar también en dicho debate.

Así que esta mañana, después de reposar la polémica, he decidido explicar lo que opino sobre el tema. Y como una es un tanto tocapelotas (el eufemismo del término vendría a ser algo así como «persona siempre atenta a los matices de las cuestiones más peliagudas») voy a hacer dicha argumentación en tres partes distintas:

  1. ¿Es machista la RAE?
  2. ¿Es el castellano sexista?
  3. ¿Son correctas las conclusiones de Bosque?

Y supongo que ahora toca empezar por la primera pregunta.

¿Es machista la RAE?

Sí.

La RAE no solo es machista como consecuencia de la sociedad patriarcal en la que todos —y todas— vivimos. La RAE es un espejo distorsionado de esa sociedad. Ofrece una imagen masculinizada (más aún) del ámbito en que vivimos, producto quizá del hecho de que se trata de una institución integrada por tan solo cuatro mujeres, treinta y ocho hombres y Arturo Pérez-Reverte, cuya testosterona rebosa los muros de tan venerable edificio cuando aparece por allí para hacer sus cosas.

Podemos encontrar en el diccionario de la Real Academia variados ejemplos de su machismo. La Real Academia atribuye solo a los hombres, por ejemplo, el acto de gozar sexualmente hablando. Con una mujer, naturalmente. Verbo transitivo. Como el verbo «poseer». Solo que, en el segundo caso (y también en la tercera acepción) la palabra «mujer» no aparece. Una mujer puede poseer sexualmente a un hombre, pero ¡sentir gozo! Ah, el placer les está reservado solo a ellos. Si son heterosexuales, claro.

gozar

(De gozo)

  1. tr. Tener y poseer algo útil y agradable. Gozar de sus riquezas.
  2. tr. Tener gusto, complacencia y alegría de algo. U. t. c. prnl.
  3. tr. Conocer carnalmente a una mujer.
poseer

(Del lat. possidēre)

  1. tr. Dicho de una persona: Tener en su poder algo.
  2. tr. Saber suficientemente algo, como una doctrina, un idioma, etc.
  3. tr. Dicho de una persona: Tener relación carnal con otra.

Podéis buscar también mujer del arte, mujer pública, mujer del partido o mujer mundana, formas de referirse todas a las mujeres que ejercen la prostitución, pero mi favorita es sin duda «mujer de gobierno», que significa, atención, criada que tenía a su cargo el gobierno económico de la casa.

Eso es, mis queridos señores de la Academia, tener los pezones bien gordos. La gente normal, esa gente que convive en una sociedad machista de por sí pero que también ha llegado a habituarse al concepto (siquiera teórico) de emancipación femenina, cuando habla de mujeres de gobierno piensa en María Teresa Fernández de la Vega o en Soraya Sáenz de Santamaría. Es por detalles como este por los que sostengo que la RAE es aún más machista que la sociedad a la que se supone que sirve.

Y mejor no me detengo en su homofobia o su beatería porque esta primera parte me está quedando muy larga ya.

Razones para considerar que la Real Academia es machista existen y no son pocas; pero sería injusto negar la atención a cada documento nuevo que publica con el pretexto de que será tan machista como los anteriores. En la tercera parte de esta serie voy a examinar el informe escrito por Ignacio Bosque para dar mi opinión acerca del supuesto machismo del que se acusa a este lingüista. Es mi opinión, repito, pero creo que en casos complejos como este es necesario bajar hasta el fondo del asunto e intentar tener en cuenta muchísimos detalles con implicaciones importantes. Yo lo he hecho y, esté equivocada o no, al menos sé que mi opinión es razonablemente informada y honesta.

Sigue en Sobre el sexismo del lenguaje y la RAE (II)

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Andaba el otro día trasteando por wikipedia —es uno de mis deportes favoritos— y descubrí que, sorprendentemente, uno de los rasgos más característicos del español no tenía entrada independiente en su versión en castellano, pero sí en inglés. Me refiero a los símbolos de interrogación y exclamación iniciales, ¿ y ¡. El uso de estos signos es exclusivo del castellano y del asturiano (probablemente por influjo del primero) y se utiliza también de forma opcional en otras lenguas peninsulares, como el catalán y el gallego. Ningún otro idioma de origen latino incluye estos signos en su escritura; ni el italiano, ni el francés, ni mucho menos el romanche. Tampoco están presentes en lenguas europeas no romances que usen el alfabeto latino. Así que estamos hablando de una característica tan definitoria de nuestra lengua como la popular letra Ñ, que generó ríos de tinta en favor de su “indulto” cuando, a principios de los noventa, algunos fabricantes de teclados para ordenador se plantearon dejar de incluirla en ellos. De los símbolos de interrogación y exclamación iniciales, sin embargo, nunca se acuerda nadie, a pesar de que gracias a ellos los lectores tienen que esforzarse mucho menos para comprender textos complejos.

Una de las características fundamentales de muchos lenguajes de marcado —entre ellos los lenguajes XML, como XHTML5 y MathML, que pertenecen al nuevo estándar EPUB3 de libro electrónico— es que exigen que todo esté correctamente anidado en ellos. Los que no entendéis de qué va XML, lo tendréis mucho más claro con el ejemplo a continuación.

Imaginemos que estamos haciendo la lista de la compra y, para no olvidarnos de nada, agrupamos los artículos por secciones. Así que decidimos hacernos nuestro propio documento XML, que puede verse así:


<listacompra>
    <fruteria>
        <fruta>naranjas</fruta>
        <fruta>manzanas</fruta>
        <fruta>peras</fruta>
    </fruteria>
    <carniceria>
        <carne>morcillo</carne>
        <carne>falda</carne>
    </carniceria>
</listacompra>

Dentro de listacompra va fruteria. Dentro de fruteria van naranjas y manzanas. No puedo empezar carniceria si antes no he terminado con fruteria. Cualquier cosa que vaya entre los símbolos < y > es la apertura de una etiqueta, como <fruteria>. Cualquier cosa que vaya entre </ y >, como </fruteria>, es un cierre de etiqueta. Tienes que usar las etiquetas como si fueran muñecas rusas o matrioskas; es decir, tienen que encajar las unas perfectamente dentro de las otras. Esto es un principio elemental de los lenguajes XML y lo llamamos anidar correctamente las etiquetas.

Muñecas rusas o matrioskas (wikipedia)

Pues bien, la española es una de las lenguas naturales que más se parecen al XML. Para empezar, tiene los signos de interrogación y exclamación iniciales, con lo cual el lector sabe perfectamente cuándo empiezan y cuándo acaban las interrogaciones y las exclamaciones cuando está leyendo un texto. De esa manera, sabe siempre a qué atenerse aunque una pregunta sea muy larga o comience a la mitad de una frase.

—Entonces —apostilló Watson—, si sabemos que Johnson estaba en el teatro, ¿quién la mató?

—Esa es la pregunta, Watson. Aunque ¿y si Johnson nos hubiera engañado de algún modo? Si hubiera salido por la puerta de atrás, ¡habría llegado a tiempo de cometer el crimen!

Imaginaos este diálogo sherlockholmesco que me acabo de inventar escrito directamente en inglés, tal y como está puesto en español. ¿A que sería más difícil de entender? Quedaría antinatural. Por eso en otras lenguas tienden a hacer las oraciones más cortas. No las “sincopan” tanto como nosotros.

En el registro coloquial hay otros ejemplos de interrogaciones y exclamaciones matrioskeras. “¿¡Sabías el día de mi cumpleaños!?” y “¡¿Sabías el día de mi cumpleaños?!” son correctas, pero no “¿¡Sabías el día de mi cumpleaños?!” ni “¡¿Sabías el día de mi cumpleaños!?”. Asimismo, el número de signos de apertura debe coincidir con el número de signos de cierre: está bien “¡¡¡Sabías el día de mi cumpleaños!!!” pero no “¡¡¡Sabías el día de mi cumpleaños!!”. En resumen, un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio.

Otros elementos que deben encajarse perfectamente como muñecas rusas son las aposiciones, aunque esta característica no es ya exclusiva del castellano. Si tenemos unas aposiciones anidadas en otras, debemos ir cerrándolas ordenadamente desde dentro.

Dos perros grandes —un san bernardo y un mastín (tal vez mezclado con pastor alemán)— jugaban en el porche.

Si abrimos un paréntesis dentro de un texto entre rayas, debemos cerrar el paréntesis antes de cerrar la raya. Lo mismo se aplica para las comas.

Volviendo a los símbolos iniciales de interrogación y exclamación: ambos nacieron como recomendación de la Real Academia Española en 1754 y se fueron adoptando paulatinamente a lo largo del siglo siguiente, mucho antes del nacimiento del XML y su exigencia de anidar correctamente las etiquetas en 1997. Siglo XVIII: esa época de avances increíbles sin la que no podría entenderse la informática tal y como es hoy.