Tomaré en consideración los adoctrinamientos ‘sexistas’ de la RAE cuando actualice la definición de matrimonio bit.ly/yqnAe6
— Kurioso (@kurioso) March 6, 2012
A pesar de lo difícil que es tomar en serio a una institución tan anquilosada como la Academia, lo cierto es que sus miembros en ocasiones tienen momentos de lucidez, y creo que la presentación de este informe se corresponde con uno de ellos.
La Academia, no obstante, tiene por delante muchísimo trabajo por hacer si quiere ganarse el respeto de quienes desean una institución verdaderamente al servicio de los ciudadanos. Ciudadanos que no tienen por qué ser católicos, heterosexuales y miembros de una recta familia castellana tradicional. Las palabras que escogemos para definir otras palabras dejan al descubierto nuestro universo conceptual. Creo que el universo conceptual del conjunto de miembros de la Academia está muy claro cuando examinamos la definición de «matrimonio» y otras muchas palabras como las que expuse en la primera parte de esta serie. Y que ese universo conceptual está muy lejano del de la mayoría de españoles a los que sirve.
La Academia nació contagiada del espíritu de progreso de la Ilustración. Me gustaría que siguiera atenta, como entonces, a las innovaciones lingüísticas de los hablantes y escritores y fijara las útiles y agradables a la vez que limpiara las inútiles, incoherentes o cacofónicas, como dice Antonia de Oñate en su blog. Pero parece más interesada en reimprimir diccionarios y perseguir a quienes referencian entradas de un Diccionario que debería ser de dominio público que en realizar el servicio para el que en teoría nació.
Volviendo al tema que nos ocupa (se supone que el título de este tercer capítulo de la serie debería ser «¿Son correctas las conclusiones de Bosque?»), supongo que a nadie que haya leído la segunda parte se le escapará que estoy, en general, de acuerdo con él. Así que, para responder a esa pregunta, comenzaré exponiendo mis (pocas, aunque importantes) objeciones a su informe.
¿Qué defectos tiene el informe de Ignacio Bosque?
Aplicando el verbo visibilizar en el sentido que recibe en estas guías, es cierto que esta última frase “no visibiliza a la mujer”, pero también lo es que las mujeres no se sienten excluidas de ella. […] Tiene, pues, pleno sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política, administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la presencia de sexismo en tales expresiones. […] No debe olvidarse que los juicios sobre nuestro lenguaje se extienden a nosotros mismos.
Algunos de los responsables de las guías que comparo responderían a la pregunta que acabo de formular afirmando que la autoridad que se les reclama no es académica, ya que procede de su sensibilidad ante la discriminación de la mujer en el mundo moderno. El argumento es insostenible, puesto que califica arbitrariamente de sexista al grupo —absolutamente mayoritario— de mujeres y hombres con una sensibilidad diferente. Si “el uso del masculino con valor genérico implica un trato lingüístico discriminatorio” (CCOO-24), ¿cómo han de reaccionar las mujeres que no perciben en él tal discriminación? […] Pareciera que se quiere dar a entender que la mujer que no perciba irregularidad alguna en el rótulo Colegio Oficial de Psicólogos de Castellón, y que (a diferencia de VAL-37) no considere conveniente cambiarlo por Colegio Oficial de Psicólogos y Psicólogas de Castellón, debería pedir cita para ser atendida por los miembros de dicha institución.
Somos muchas las feministas que luchamos contra el «déjala, es ella la que se deja golpear. Será que le gustan los hombres así». Ni yo ni millones de mujeres en España nos sentimos excluidas cuando alguien se refiere a nosotras como integrantes de un grupo en un masculino genérico. Pero jamás desanimaré a un sociólogo a que investigue si hay exclusión o vejación verbal cierta en el lenguaje diario por el mero hecho de que yo no me haya dado cuenta o no lo considere un problema serio.
Es un hecho que muchas mujeres maltratadas piensan que se lo merecen, que les ha tocado un marido con la mano larga como a quien le toca un garbanzo negro, que sin él no pueden valerse por sí mismas o que total, poco pueden hacer contra esa situación, así que para qué quejarse y mejor encajarla con estoicismo. Determinados estudios sociales, como los que examinan las condiciones de vida de las mujeres, sirven, entre otras cosas, para destapar ese tipo de «condenas» a que son sometidas las personas más vulnerables de la sociedad y contra las que muchas veces no se protesta porque parecen irremediables a quienes las sufren. Se sabe también que, tras la primera bofetada, suele haber una paciente labor de años para minar la autoestima de la víctima solo a través del lenguaje.
La palabra no es mágica y por sí misma no cambia realidades. Ojalá se eliminaran todas las discriminaciones por el mero hecho de decir «compañeras y compañeros». Pero sí puede contribuir a cambiar percepciones. En el caso de las víctimas de maltrato, la historia casi siempre comienza con las palabras. Y esas víctimas, a menudo durante años, no se tenían por maltratadas.
Yo no me siento excluida cuando se me incluye en un grupo de personas que es mencionado con masculino genérico; no me siento excluida porque conozco la historia del idioma y sé que esa desinencia en -os no deriva del masculino latino, sino del neutro. Pero entiendo que otras mujeres puedan sentirse excluidas, incluso sabiendo cómo se produjeron las derivaciones del latín al castellano. Porque lo cierto es que el masculino genérico y el masculino plural son miméticos y no ayudan a que la mujer tenga una mayor visibilidad ahora que está saliendo de casa e integrándose en el ámbito público.
No me parece, en suma, que puedan sacarse conclusiones acerca de este asunto de forma tan rápida como hace Bosque en su informe.
La misma crítica haría a determinados colectivos feministas que pretenden tratarnos a las mujeres con paternalismos de otro siglo. Razonen ustedes los abusos lingüísticos que denuncian en vez de pretender que acatemos sus directrices de forma acrítica.
Otra objeción que haría al informe de Bosque es el hecho de que no propone estrategias para evitar que las mujeres sean lingüísticamente ignoradas o incluso vejadas. Es difícil manejar el masculino genérico; a mí me encantaría formar los plurales neutros con una simple —a como en latín, pero soy consciente de que eso puede provocar confusiones muy parecidas, si no peores, a las que producen la @ y la x que se utilizan en ocasiones. La Academia podría, no obstante, publicar un manual de redacción no machista que, aunque evadiera el asunto del masculino genérico, que de todas formas es menor, tratara con rigor esos rasgos de machismo en los textos no siempre tan evidentes pero a menudo más preocupantes.
¿Son correctas las conclusiones de Bosque?
Hechas estas dos objeciones, yo creo que se le puede poner un «P.A.» de nota a la Academia. Teniendo en cuenta de dónde partían y el esfuerzo realizado, los académicos pueden estar satisfechos con este comienzo. Espero, por el bien de una institución cada vez menos relevante, que no se paren aquí y limpien, fijen y den esplendor a la lengua de una sociedad que va, desde hace tiempo, unos cuantos pasos por delante de los académicos.
P.D.: He conseguido escribir un artículo sobre la Academia sin meterme con Pérez-Reverte, ese hombre.
